La depresión.

Como un día gris con el cielo encapotado es como amanecen muchas vidas.
Con una sombra invisible y silenciosa que aparentemente aparece de la nada, y se instala en muchas mentes de la noche a la mañana. Llega amistosa, casi sin molestar y te aconseja como una verdadera amiga. Casi sin querer, toma el control de tus gustos y decisiones hasta que se apodera de tu vida.
Y ves espejismos, y crees que los enemigos son quienes viven contigo, en tu casa, los que duermen al otro lado de tu cuarto, tus compañeros de trabajo que crees que hablan de ti a tus espaldas durante el descanso. Y es tu  utoestima que se hace cada vez más pequeña, inexistente. Tanto, que das las riendas a tu amiga Sombra, esa silenciosa y sigilosa, para que se encargue de todo aquello que te atormente.
Esas ganas de querer y no puedo. La sensación de asfixia, las pocas ganas de levantarse de la cama, la odisea que se te hace el ir a por el pan y no querer articular palabra. El pánico de encontrarte con el vecino, los nervios de mentirle a la gente y contestar que estas bien…
La rutina de convencerte de que estás bien. La rutina de creértelo, de que es
temporal y que ya se te pasará.
Pero estas triste. Es una tristeza que te oprime el pecho y que no te deja respirar.
Son esas ganas de llorar inconsolablemente sin ningún motivo. La ansiedad repentina en un momento en el que estás tranquila haciendo cualquier actividad.
En el supermercado, comiendo en un restaurante, en casa de algún amigo rodeada de gente que te quiere… pero no lo sientes.
Estar rodeada de gente que te quiere, pero no te sabe escuchar. Tener la certeza de que esa amiga tuya, esa sombra instalada en tu cabeza que te susurra día a día que nada va a salir bien… requiere de ayuda profesional. Pero no te atreves porque tus bolsillos lloran, porque tu familia no te comprende o no quiere admitir que estás enferma, que hay un intruso que habita en tu cabeza.
La depresión es invisible a los ojos de los demás, y a veces regarle un viaje a quien lo padece no es el mejor de los antídotos. No existen cafés que lo arreglen, ni salidas, ni divertidas compañías. Es como el fármaco que temporalmente te distrae del dolor pero que a la hora de ir a la cama te visitan todos tus demonios.
Es como un túnel oscuro del que no sabes salir, un pozo sin fondo que te ahoga y que por más que grites “ayuda” nadie te va a oír. Es el insomnio en las noches, el nerviosismo durante el día, la sensación de agobio o de que el mundo te viene
demasiado grande. La inseguridad repentina de no poder realizar eso que tantas horas le has dedicado y en el que te has vuelto experta.
Son los pensamientos intrusivos que te incitan a autodestruirte y sabotearte en cada oportunidad que te presenta la vida. Es vivir con miedo a ti misma, es sentirte pesada con los demás por no saber aportar nada positivo. Es acostumbrarte a la soledad, resignarte a perder amigos, a hacerte amiga de la tristeza, el frío, la mediocridad.
Es acabar encerrándote en ti misma y convivir con tu silencio… y esa maldita vocecita, que te posee, que se pone celosa cuando te relacionas, que te aisla, te encierra en una burbuja, te aturde, te ata de pies a cabeza.
Y es que solo te tienes a ti para salvarte, porque no habrá más cura que el querer salir adelante y ponerte en manos de profesionales, usar las lágrimas como bálsamo y el psicólogo como salvavidas. La salud mental es importante.
Es el perfecto punto de inflexión para recuperar tu vida, tu felicidad, para llevar las riendas que una vez perdiste, poco a poco y casi sin querer. Y cuando decides ponerte en sus manos salva-vidas, DESPIERTAS. No sabes exactamente como fue, no lo recuerdas, pero sabes que culpaste a la gente que no te supo oír. Que te rechazó, que no supo estar contigo. Pero ahora, aunque estés muy sola, eres un poquito más feliz.
Todos merecemos ser felices. Por un mundo en el que la salud mental sea accesible para todos. Si cultivas tu mente, el cuerpo nos lo agradece.

Luisa Haddú, ganadora del primer premio Concurso Literario «Salud Mental y Bienestar, una prioridad global»

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