Tercer premio Concurso Literario «Amparo Pérez Alamino» 2022:

Autora: Martha Brigitte Rojas Aguilar

Título: Dos encuentros y un discurso de graduación

 

Dos encuentros y un discurso de graduación

 

El día de verano más esperado por los jóvenes ha llegado, y no hago referencia a las vacaciones sino al día de graduación. Ese día que repasas una y otra vez en el calendario con el ansías de tachar la fecha para liberarte de aquel instituto de mierda y gritar con euforia “¡Es hoy!”. Aunque, bueno, como joven sabrás que a pesar de los infortunios siempre llega la añoranza en forma de nudo en la garganta para recordarnos que las despedidas duelen, sobre todo si se trata del instituto. Sé que hoy debería sentir aquella extraña satisfacción de haber alcanzado un sueño, pero no puedo evitar pensar en la ausencia de Vanesa y sentir frustración.

 

Como en la mayoría de insti, las diversas personalidades de los adolescentes se esconden bajo etiquetas absurdas que en realidad no nos definen, pero en ese momento no lo sabemos y lo damos por hecho. A Vanesa le tocó el papel de chica popular, deportista y buenorra; mientras a mí me tocó ser la típica pringada solitaria que se unía a grupos de debates que a nadie más que a otros frikis les importaba. Por eso, desde la ESO solía pensar que entre Vanessa y yo la menor de nuestras diferencias era la manera de vestir, aunque luego comprendí que teníamos cosas en común.

 

Recuerdo nuestra primera conversación hace unos meses, y por primera no me refiero a que nunca hubiésemos cruzado palabras, sino que aquella vez fue la primera que pude ver a la verdadera Vanesa sin etiqueta. Yo caminaba hacia el laboratorio de química para terminar un experimento que debía presentar, y de repente, Vanesa estaba allí tirada en una esquina del suelo pasando por un ataque de ansiedad.

– ¿Vanesa, te encuentras bien?, ¿puedo ayudarte? – Pregunté mientras ella se levantaba con prisas asegurando que la puerta estuviese cerrada para que nadie más la viese.

– Sí, no pasa nada. Estoy muy bien y ya iba de camino a clases – Respondió.

– Te puedes quedar si quieres. No te molestaré, tengo algo que terminar y te aseguro que aquí nadie además de nosotras vendrá. Pero, si necesitas hablar puedes decirme lo que quieras … No te recomiendo ir a clase, el nudo suele crecer cuando no te liberas – tras una pausa, añadí.

Sin decirme nada, Vanesa decidió quedarse sentada en una de las mesas mientras yo realizaba mi experimento. Pasamos unos veinte minutos juntas, hasta que ella interrumpió el silencio.

– ¿No te importa… estar siempre sola? – Preguntó indecisa y con mucha curiosidad.

– ¡Qué va! – respondí con una sonrisa – Cuando estoy sola me puedo concentrar en labrar mi futuro. Además, en realidad no estoy sola, tengo a mi madre y mi mejor amiga, con eso me sobra.

Vanesa quedó pensativa con mi respuesta. Luego, sacó sus deberes de la mochila y empezó a repasar mates.

– Aunque… no puedo negar que en la ESO me sentía un bicho raro. Las bromas sobre mi apariencia me llenaron de dudas y tuve que ir al psicólogo. Pero, con el tiempo me he sentido mejor y sigo aprendiendo a amarme y ser autentica. El truco está en conocerse y saber quiénes somos – Agregué después de un rato de silencio.

– ¿Te importaría ayudarme en mates? – Me respondió haciendo caso omiso a lo que dije. Asentí y estudiamos juntas.

 

Después de aquella conversación no hablé más con Vanesa, a veces nos cruzábamos por el pasillo y alguna de sus amigas se reía de mí. Entonces, Vanesa las miraba fijamente y por algún motivo ellas comprendían que no debían meterse conmigo, al final, Vanesa era la líder del grupo. Confieso que se me hacía raro que no me saludase, aunque al mismo tiempo tenía claro nuestras posiciones sociales distantes.

 

Con el paso de las semanas olvidé aquel extraño encuentro con Vanesa, hasta que una tarde de abril, alguien llamó a la puerta de mi casa.

– Hola, me preguntaba si podríamos hablar – Dijo Vanesa.

Aquella tarde la chica popular se desahogó conmigo y me mostró su lado vulnerable, me contó muchas cosas que la hacían sufrir en silencio y lo sola que se sentía a pesar de estar rodeada de cientos de amigos. De aquella conversación, lo que más me sorprendió es que Vanesa anhelaba ir al psicólogo, pero sus padres le decían que ella no lo necesitaba porque no estaba chalada. Vanesa esperaba que yo pudiese darle consejos para convencer a sus padres de sacarle una cita, me decía que le costaba dormir, que los ataques de ansiedad eran más frecuentes y que estaba perdiendo el interés en las cosas que le gustaban. Me sentí muy preocupada, siempre me había considerado una chica muy lista, pero en ese momento no encontraba solución para ayudarla.

– ¿Y si vas al psicólogo del insti?, no tendrías que comentarle nada a tus padres – Propuse.

– ¿¡Al del insti!?, ¿sabes lo que dirían de mí si se enteran que voy al psicólogo? – Refutó con enojo.

– Yo diría que te estás cuidando a ti misma – Respondí mientras Vanesa tomaba sus cosas y se marchaba de mi casa.

 

Tan solo pasaron cuatro días desde aquella visita hasta que se anunció lo inaudito: la líder de las animadoras se había suicidado. Debido a la muerte de Vanesa, el insti abrió nuevas rutas de salud mental, empezando por concientizar a los estudiantes sobre la importancia de buscar ayuda profesional y desestigmatizar a los estudiantes que acudían al servicio. Ahora que debo despedirme del insti, me queda el alivio de saber que los futuros alumnos estarán en un lugar un poco más seguro. Por eso, en este día de graduación y a escasos minutos de tener que dar el discurso, tan solo pienso en rendir homenaje a Vanesa y a todas aquellas personas que padecen depresión y ansiedad en silencio, porque somos valiosos y merecemos creer que vendrá un mundo mejor en el que podamos pedir ayuda y se nos escuche, sin importar si somos los pringados o los populares.

 

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