Segundo premio Concurso Literario «Amparo Pérez Alamino» 2022:

Autor: Julián Despaigne Rodríguez

Título: La fiera mansedumbre de los versos

 

LA FIERA MANSEDUMBRE DE LOS VERSOS

Siempre creí que todo funcionaba previsiblemente, con automatismos, en un orden banal y explicable, pero aprendí que la razón no es tan transparente y que existen dos mundos unidos por una pequeña puerta, un pasadizo que solo algunos seres sensibles son capaces de recorrer.

Acababa de separarme y me había mudado a aquella finca del barrio antiguo con mi hijo de apenas veinte meses. Él era ya la última razón del amor para mí. Esperaba encontrar de nuevo la calma necesaria para darle a Iván una infancia feliz. La misma semana de mi traslado, convocaron una reunión de comunidad en la que conocí a mis vecinos:

—¡El Sr. Arquímides o como se llame, está llenando el entresuelo de basura y pronto parecerá una caverna. Nos va a inundar de malos olores y cucarachas! —protestó doña Antonia.

—Sí, yo le he visto rebuscar en las papeleras y creo que debería cambiar el cartel de su buzón y poner Diógenes en vez de esa tontería de Arquímides— afirmó Luisa, la chica del cuarto piso.

—Andrés, como presidente debe hacer algo. Tiene la terraza llena de objetos raros hechos con basura, el aire los mueve y causa ruidos que no impiden dormir. Y los ataques que le dan y los gatos que recoge, esa casa es un foco de infecciones —sentenció doña Antonia, indignada.

—No se preocupen, hablaré con él. Al principio no daba tantos problemas; que yo sepa estuvo casado y era maestro de primaria antes de acabar aquí. Le expulsaron por algún trastorno psicológico y ahora creo que malvive con una mínima pensión de dependencia y apenas puede pagar el alquiler. Tal vez la soledad o los años, que hacen estragos en la mente de un hombre.

Yo me quedé pensativa, días antes estaba tendiendo la ropa en mi piso, que es el segundo, cuando le vi salir a su terraza, desnudo. Bailaba entre los objetos extraños y los hacía sonar con los dedos mientras regaba las plantas. Mi primera reacción fue esconderme, pero, oírle hablar a las flores con tanto mimo sin nada de ropa ni artificios me hizo sonreír. El Sr. Arquímides poseía las plantas más bonitas y floridas de toda la finca. Una tarde estaba sentada en el parque delante de nuestra casa, buscaba anuncios de empleo en el periódico, cuando Iván me puso en la nariz una flor de otoño y dibujó en su cara regordeta una enorme sonrisa. Todavía no hablaba, solo esporádicos “mamá” y alguna que otra palabra suelta e ininteligible, ya entonces era un niño muy espabilado y lo decía todo con la mirada. Vi al Sr. Arquímides paseando un perrillo sin raza por debajo de los castaños; su vestir era desaliñado, extraño. En ese momento, algunas vecinas vinieron a saludarme y a averiguar con disimulo e intriga algo sobre mi vida. Cuando me di cuenta Iván había cruzado todo el parque y enseñaba la flor al anciano. Eché a correr tras el niño dejando a medias al grupo de mujeres.

«Qué bonita, cariño», le decía muy bajito a mi hijo. El crío lo miraba con ojos de fascinación y le tendía aquella especie de margarita lila con su bracito rechoncho. El hombre sacó de la chaqueta un mugriento avioncito de plástico amarillo y se lo cambió por la flor.

—¡Iván, no molestes al señor!

«Tiene usted un niño muy simpático», expresó, casi sin atreverse a mirarme. No pude evitar el estupor al ver sus bolsillos repletos de hojas secas de castaño. Él advirtió el gesto de rechazo que me produjo aquella visión, y con voz decidida se explicó. «Colecciono las cartas de amor que los árboles escribieron en primavera. Las dejan caer en otoño, solo para que nosotros podamos aprender algo al leerlas durante el extenso invierno». Y, sin esperar atisbo alguno de comprensión por mi parte, se perdió con su perro hacia la avenida. Le vi hacerse pequeño arrastrando los pies entre la hojarasca. Esa noche, en cuanto Iván se durmió, tiré a la basura el avión amarillo, seguramente había salido de algún contenedor y estaría lleno de gérmenes. Después apenas pude dormir pensando en aquellas palabras. El viento frío hacía sonar esos móviles del patio de luces: botellitas de colores, tapas de conservas, conchas de moluscos y hojas de castaño colgadas con cintas o atadas con pinzas a las cuerdas de tender la ropa. Todo entregado a un armónico baile, al tintineo de una música tan aleatoria como los derroteros de la vida.

Hacia las cuatro de la madrugada se oyó jaleo. Me asomé a la galería y vi a dos policías en el comedor del Sr. Arquímides. Doña Antonia, desde la ventana del primer piso, me explicó que había llamado al 112 porque el vecino sufría uno de sus ataques de pánico, lloraba y chillaba sin control.

—Seguro se saltó la medicación. A veces no le llega para comprarse las pastillas o se le olvidan y nos desvela a todos—agregó, un tanto preocupada.

Varias semanas estuvo el Sr. Arquímides ingresado en el hospital. Regresó a casa y le perdí de vista. Tuve suerte y encontré trabajo en la oficina de una fábrica, debí buscar una guardería para Iván. Nunca olvidaré aquella mañana. Mi niño extendía sus manitas y solo podía expresar el dolor de la separación con lagrimones mudos. Ese día terminé agotada y nos dormimos juntos en el sofá. Cuando desperté de madrugada, Iván no estaba. Le llamaba desesperada, por la casa, por la escalera, salí a la calle donde los bares comenzaban a abrir sus bocas humeantes a las callejuelas mojadas. Figuras grises, indiferentes a mi angustia, pasaban deprisa camino de sus destinos. Yo preguntaba nerviosa, casi sin aliento, ni siquiera me daba cuenta: iba descalza y en camisón. Nadie me ayudó, la gente me sospechaba loca. Volví al piso llorando, debía llamar a la policía y, al pasar por el ventanal, les vi. Estaban en el comedor de aquella cueva. El Sr. Arquímides leía algo y mi niño apoyaba la cabecita en su regazo escuchando con atención como si despertase a la vida. Bajé corriendo, mi corazón emitía latidos de dolor y aporreé la puerta y grité—: ¡Devuélvame a mi hijo!

«Le encontré en el portal, se le debió escapar. Pase por favor, le estaba enseñando a construir sueños. Necesita escuchar para aprender a hablar».

Agarré a Iván en brazos e intenté sacarlo de allí, el vecino se asustó ante mi brusquedad. Iván, no sé cómo, agarró su cuello y se abrazó a él, dejando vacías mis manos. El Sr. Arquímides le estrechó despacio, primero con temor, después conteniendo la emoción, igual que si sostuviese una cría de golondrina caída de un nido. Le vi cerrar los ojos y apretarlos mientras le resbalaba una lágrima. Aquellos momentos me parecieron eternos pero advertí que la crispación de mi rostro se tornaba en oleajes de paz. Después el Sr. Arquímides me miró, sus pupilas eran océanos inmensos, simas en un mar azul profundo, y mostraban un agradecimiento infinito. Apartó de sí al niño, como quien suelta una paloma o deja ir un amor. Y me lo devolvió.

Al salir crucé una maraña de objetos polvorientos que me observaban, un bosque de seres mágicos que conducía a esa pequeña puerta al final de un pasadizo entre dos mundos, tras la que me esperaba la realidad, la indolencia ante la belleza o la ternura, la impasible frialdad del día a día. Iván le dijo adiós con la manita y se acurrucó en mi hombro chupando un pequeño coche de madera, mientras le escuché balbucear por primera vez en su vida: “te quiero, mamá”.

Hoy me han hecho fijo el contrato. Iván acaba de dormirse y el Sr. Arquímides cierra el libro y le da un beso en la frente. Viene todos los días a las 8 y le lleva al cole, luego comemos los tres en mi cocina. Debo reconocer que es un poco desastre con las cosas de la casa, en las tardes saca al nene al parque, le enseña a recoger las mejores cartas de amor. Cuando las cosas se complican en el trabajo y vuelvo casi de noche, le ha bañado y acostado. Yo le ayudo con el alquiler y él, con la vida. Ya no sufre los ataques de pánico, ahora puede comprarse las pastillas, aunque continúa regando desnudo y no sé si por eso sus plantas son la envidia de toda la finca. Me gusta ver luz en la cueva y oír por las noches el tintineo de sus cacharros, su música me hace seguir creyendo en esas pequeñas cosas impredecibles que hacen preciosa la vida.

«Buenas noches», se despide al acabar su jornada, y marcha escaleras abajo como si hubiese cumplido un deber trascendental.

—Espere, Sr. Arquímides, dígame: ¿cómo logra que mi hijo se acueste sin rechistar?

«Yo leo poemas, muy suave, como el viento cuando pone voz a los árboles, él escucha. Y no paramos hasta que todos los versos se quedan dormidos».

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