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Tercer Premio Concurso Literario 2023 – «Lo que dejamos atrás»

Tercer Premio Concurso Literario 2023 – «Salud Mental, Salud Mundial: un derecho universal»

Relato: Lo que dejamos atrás

Autora: Noelia M. Martí

Lo que dejamos atrás

¡Buenas, Ana!

Ha pasado mucho tiempo, pero por supuesto que me acuerdo de ti. Nos conocimos en la consulta del psiquiatra, en un momento muy frágil para los dos, y me alegro: parece que nos vino bien a ambos. Aún siento como un logro personal el que consiguiera convencerte de que asistieras al Grupo. Esa es la victoria de los dos: en lo que a ti te sirvió aquella experiencia y en el cómo es que ahora, leyéndote, me hincho como un pavo con todas esas cosas tan bonitas que señalas de mi trabajo.

Un trabajo en el que, sí, ponía todo mi cariño y esfuerzo…. Hasta que mi cuerpo pudo más que mi carácter. ¡Qué te voy a contar!

Nuestra historia comenzó hace años, una tarde del mes de octubre, cuando comienzan los talleres, las reuniones familiares, los encuentros al terminar las vacaciones y la alegría de retomar las relaciones y, sobre todo, volver a la dinámica de estar ocupados y normalizando nuestras vidas.

Un compañero veterano del camino por las sendas de la salud mental, que pintaba y pinta maravillosamente, expuso una idea: “¿por qué no se hace un taller de escritura? Hay más personas como yo que tenemos dificultad para expresarnos y nos vendría muy bien”.

Esto lo decía porque, por ese entonces, además de ti había un par de incorporaciones nuevas al Grupo y a los nuevos siempre os costaba un poquito abriros, entrar en la dinámica del Grupo.

Así comenzó este taller, sin base académica ni (con sinceridad y algo de malicia) demasiado talento, pero sí con un profundo sentimiento de amor hacia las personas y una gran admiración por las vocales y las consonantes que forman nuestro maravilloso abecedario.

Podría haber sido un tremendo fracaso de idea. En toda mi experiencia profesional dentro del Grupo he sufrido muchas de estas.

Lo cierto es que, indistintamente de vuestro origen, cultura, edad o procedencia, el primer día que os uníais al Grupo todos y todas os parecíais. La misma expresión de angustia, de incertidumbre, de “¿y yo qué pinto aquí?” y del más crudo y desgarrador dolor. Os mirabais como extraños hasta que empezabais a ver vuestro reflejo en los demás. Y esto no iba a ocurrir si no encontrabais la chispa que os hiciera abriros.

Si no recuerdo mal, Ana, tú encontraste tu chispa durante la tercera o cuarta reunión. Os pedí la semana anterior que buscarais tres fotografías y escribierais un relato en base a ellas.

Aún me emociona recordarte.

Empezaba a hacer frío, llevabas una parca marrón de estas con pelitos despeluchados en la capucha, de la que colgaban dos cordones elásticos de los que tirabas ansiosamente mientras esperabas tu turno. Dabas golpecitos en el suelo con los botines desgastados mientras mirabas hacia todas partes con los ojos muy abiertos sin apenas fijarte en nada. Parecía que en cualquier momento ibas a echar a correr hacia la puerta y no te volveríamos a ver por allí. De hecho, yo ya pensaba que pedirías que saltara tu turno como en todas las anteriores sesiones.

Pero llegó tu turno. Agarraste la libretita de cuartilla que llevabas, el boligrafo enganchado en las anillas peligrosamente colgando. Dudaste. Suspiraste temblorosamente y sacaste la primera fotografía.

  • Esta es Mía. De bebé. En esta fotografía tendría un añito más o menos. Se está comiendo un Petit-Suisse que le estaba dando mi madre. Al principio nos costó muchísimo que comiera cualquier cosa, todo lo escupía. ¡Absolutamente todo! De hecho, aunque aquí parezca que está sonriendo, en realidad es una mueca de asco. Lo pasábamos fatal con ella mi marido y yo. No sabíamos qué hacer para que comiera aunque fuera un poco. ¡Pero nada! Entonces, un día, estábamos comiendo del McDonald y mi marido se dio cuenta de que Mía no paraba de seguir con la mirada cómo nos comíamos las patatas fritas –hiciste una pausa para coger aire, mirando la fotografía con una media sonrisa triste-. Estuvo meses que solo quería comer patatas con Ketchup.

Sacaste otra fotografía. En esta ocasión, Mía debía tener unos diez años y estaba subida en un escenario disfrazada de Shakira.

  • Cuando era pequeña a Mía le encantaba disfrazarse y se pasaba todo el día cantando. Mi cuñada le compró unos Reyes una radio de esas con micro que llevaba arrastrando todo el rato. Nos tenía la cabeza como un bombo y es que cantaba fatal. Nosotros la aplaudíamos muchísimo al principio, claro. Como se hace con todos los niños, ¿no? Pero llegó un momento en que le escondíamos las pilas a la dichosa radio y le decíamos que no había más y que la próxima vez que bajara a la tienda compraría -dejaste escapar un suspiro tembloroso-. Por supuesto siempre “se me olvidaba” comprar pilas.

Al sacar la tercera fotografía te detuviste lo que parecía un largo rato con los ojos llenos de lágrimas clavados en ella.

El resto de los compañeros y yo nos mantuvimos en silencio, respetando ese momento como tuyo. Si al principio nos había sorprendido tu intervención, ahora todos sentíamos tus palabras y tu historia como nuestra y esperábamos el final para acogerte con los brazos abiertos.

Finalmente, enseñaste la fotografía.

  • Esta foto es de la Navidad de hace dos años Estábamos todos en casa. Mis padres, mis suegros, mi cuñada y su marido, mi hijo Hugo, el mayor, había vuelto de la universidad… Mía no quería salir en la foto. Insistía en que prefería ser ella la que la hiciera. Yo sabía que algo pasaba pero no conseguía… No conseguía… Hablaba con ella. O lo intentaba, por lo menos. Pero ella decía que todo estaba bien y volvía a su cuarto. Yo no sabía qué más hacer. Me prometía que intentaría averiguarlo en otro momento. Miraría en su cuarto, en su Instagram… Pero trabajo por turnos en el super y tengo la cabeza siempre… Perdón, no quiero decir…

Titubeabas, como es natural, con el corazón encogido y un nudo en la garganta. Me mirabas pidiendo auxilio y ánimo, asentí y te sonreí suavemente, porque te lo merecías.

  • Ahora me pregunto por qué no tengo una foto de ella comiéndose una patata frita y la boca llena de Ketchup; me siento culpable por esconder las malditas pilas y haber tirado la radio en una de esas limpiezas hace años; y me cuesta dormir cada noche preguntándome si podría haber sabido antes por lo que estaba pasando y si podría haber evitado que Mía hiciera eso.

Querida Ana. Han pasado años de ese momento en el que, por fin, te sinceraste y empezaste a dar pasos hacia delante.

Quiero decirte que me acuerdo muchas veces de ese momento contigo. En especial, me acordé cuando me dieron mi diagnóstico en la artritis degenerativa, una enfermedad de viejo para alguien con un espíritu tan joven como el mío. Pensaba en todo lo que dejábamos atrás conforme nuestra vida avanza y las cosas, pues, ocurren.

Esos años en el Grupo, todas vuestras experiencias, siento que ahora me ayudan más a mí de lo que yo pude ayudaros a vosotros, los Supervivientes.

Ojalá podamos quedar un día y vernos, como dices. Me encantaría poder charlar un rato contigo de las cosas bonitas de la vida.

Las hay. Lo sabemos bien. ¡Lo hemos trabajado mucho!

Un beso a la familia, Ana. ¡Saludos!

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